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JOSÉ ALDUNATE, EL CURA OBRERO QUE MIRÓ CHILE DESDE EL LADO DE LOS TRABAJADORES

En la historia reciente de Chile, el nombre del Padre José Aldunate ocupa un lugar que supera los márgenes de la Iglesia. Fue sacerdote jesuita, defensor de los derechos humanos, opositor ético a la dictadura, acompañante de los pobres y testigo incómodo de un país construido sobre profundas desigualdades. Pero, sobre todo, fue un hombre que decidió mirar Chile desde abajo: desde el mundo del trabajo, desde la organización sindical, desde la vida cotidiana de quienes sostienen con sus manos la riqueza del país.

Su figura está ligada a una tradición cristiana que no entendió la fe como refugio privado, sino como compromiso público con la justicia. En esa ruta aparece con fuerza la influencia de San Alberto Hurtado, a quien Aldunate recordaba no solo como el sacerdote de la caridad, sino como un hombre “metido de cabeza” en el mundo laboral. Hurtado, decía, comprendió que la caridad por sí sola no bastaba para construir un país justo. Había que organizarse. Había que reclamar derechos. Había que fortalecer al movimiento sindical sin dividirlo.

Esa convicción marcó la vida de Aldunate. No quiso hablar de los trabajadores desde lejos. Quiso conocer su mundo desde dentro. Por eso se hizo cura obrero. Trabajó en la construcción, buscó empleo como cualquier trabajador, vivió en barrios pobres y compartió la incertidumbre de la cesantía. En ese tránsito, como él mismo recordaría años después, ocurrió algo más profundo que una experiencia pastoral: “uno pasa de clase social”. Para Aldunate, hacerse obrero era cruzar una frontera invisible pero decisiva en un país dividido por el poder, el apellido, la propiedad y el salario.

En septiembre de 2014, cuando Michelle Bachelet iniciaba los primeros meses de su segundo gobierno y Chile volvía a discutir reformas sociales, educación, pensiones y desigualdad, José Aldunate recibió al periodista en la residencia San Ignacio, el hogar jesuita donde pasó sus últimos días. Estaba casi ciego. Caminaba con dificultad. Su cuerpo evidenciaba el paso de los años, pero su mente permanecía clara, lúcida, profundamente atenta. Cada recuerdo parecía abrir una puerta hacia el Chile del siglo XX: la Iglesia, los sindicatos, la Unidad Popular, la dictadura, los mineros del cobre y la pregunta permanente por la justicia.

La conversación comenzó con Alberto Hurtado y la Acción Sindical Chilena. Aldunate explicó que Hurtado no quiso crear sindicatos católicos en Chile porque eso podía dividir al movimiento obrero. Prefería una presencia “parasindical”: una acción paralela, de formación y reflexión cristiana, al servicio de los trabajadores. Aquella decisión revelaba algo central: el respeto por la autonomía sindical y por la fuerza propia de la organización obrera.

Cuando la conversación avanzó hacia su experiencia como cura obrero, Aldunate volvió a una idea que parece resumir su vida. Hacerse trabajador, dijo, “le cambia a uno las lealtades”. Ya no se mira el país desde el lugar del intelectual, del profesor o del sacerdote protegido por una institución. Se mira desde el otro lado. Desde la jornada laboral, la pobreza, el cansancio, la búsqueda de empleo, el miedo a quedar sin trabajo. En Concepción recorrió fábricas y empresas hasta encontrar un puesto en una constructora. No decía que era sacerdote. Quería ser uno más. Quería saber qué significaba trabajar con las manos, obedecer órdenes, cumplir horarios y vivir la fragilidad de una clase social que no tiene más defensa que su organización.

Desde esa experiencia, su mirada sobre el sindicalismo era directa: los derechos no se obtienen por buena voluntad del poder económico. Se conquistan con fuerza colectiva. Al hablar del trabajador minero, reconoció que existían mejores condiciones salariales en comparación con otros sectores, pero puso el acento en el valor de la organización. El sindicato, decía, entrega la fuerza que permite dialogar “de tú a tú con el patrón”. Y eso, agregaba, era indispensable para que hubiera justicia.

Pero Aldunate también planteaba una exigencia ética al mundo sindical minero. Si los trabajadores del cobre habían logrado poder, organización y capacidad de presión, esa fuerza no debía encerrarse solo en la defensa de sus beneficios. Debía ponerse también al servicio de las grandes causas sociales. Educación, previsión, democracia, derechos colectivos. Recordó que las protestas de 1983 contra la dictadura comenzaron con los mineros del cobre. Ellos, dijo, fueron los primeros en levantar la protesta, antes de que las cacerolas sonaran en todo Chile.

En esa memoria había una invitación para el presente: recuperar el espíritu solidario de un sindicalismo capaz de mirar más allá de su propia negociación colectiva. Para Aldunate, el trabajador organizado no era solo un actor laboral; era también un sujeto político y social, llamado a defender la dignidad de todo el pueblo trabajador.

La conversación cerró con el cobre. Y ahí su respuesta fue clara: sí, el cobre debía volver a ser de todos los chilenos. Aldunate veía en esa riqueza una contradicción profunda. Chile producía, otros se llevaban las utilidades y el país recibía apenas una parte menor de lo que generaba. Para él, el cobre no era solo un recurso económico; era una posibilidad histórica para enfrentar desigualdades estructurales.

Aquel encuentro en la residencia San Ignacio dejó la impresión de estar frente a un hombre que había envejecido sin renunciar a sus convicciones. Casi ciego, veía todavía con claridad lo que muchos preferían no mirar: que la justicia social no nace de la caridad, que los derechos laborales requieren organización y que un país no puede llamarse democrático si quienes producen su riqueza no tienen voz, poder y dignidad.

José Aldunate habló desde la memoria, pero también desde el futuro. Su testimonio sigue interpelando al sindicalismo chileno: organizarse no solo para negociar, sino para transformar; no solo para defender lo propio, sino para empujar la justicia de todos.

PRENSA PODER LABORAL

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