Crónica de la tragedia que cambió para siempre la minería chilena
La cordillera amaneció blanca y fría aquel martes 19 de junio de 1945. En Sewell, la ciudad de las escaleras colgadas en la montaña, los hombres iniciaban una jornada como tantas otras. Algunos habían dejado atrás el desayuno apurado; otros se despidieron de sus hijos todavía dormidos. Nadie imaginaba que muchos de ellos no volverían a cruzar la puerta de sus casas.
A más de dos mil metros de altura, la mina El Teniente rugía con la normalidad de cada día. Era una época en que el cobre chileno alimentaba la reconstrucción del mundo tras la Segunda Guerra Mundial y miles de trabajadores descendían diariamente a las profundidades de la montaña para extraer la riqueza que sostenía gran parte de la economía nacional.
Pero esa mañana ocurrió algo que transformaría para siempre la historia del trabajo en Chile.
En uno de los accesos al yacimiento, una fragua comenzó a arder. El fuego, que inicialmente parecía controlable, generó una enorme cantidad de humo cargado de monóxido de carbono. La ventilación de la mina, insuficiente para una emergencia de esa magnitud, hizo el resto. Como una serpiente invisible, el gas avanzó por galerías, piques y socavones, internándose cada vez más en las entrañas de la montaña. Los mineros no vieron venir la amenaza. El enemigo no era una explosión ni un derrumbe. No hacía ruido. No tenía forma. Era simplemente aire convertido en veneno. Muchos intentaron escapar. Otros buscaron refugio en sectores más altos. Algunos lograron sobrevivir abriendo válvulas de aire comprimido para respirar unos minutos más. Pero para cientos de trabajadores el tiempo se agotó demasiado rápido. El humo llenó los túneles y la oscuridad terminó por tragarse los últimos gritos de auxilio.
Cuando finalmente el incendio fue controlado, la tragedia recién comenzaba a mostrarse. Los equipos de rescate tardaron horas en ingresar con seguridad a las zonas afectadas. Durante tres días recorrieron galerías silenciosas encontrando cuerpos tendidos junto a carros mineros, herramientas y cascos. Hombres que habían salido de sus hogares convencidos de regresar al final del turno.
El balance estremeció al país.
Murieron 355 trabajadores y otros centenares resultaron heridos por intoxicación. Las víctimas representaban cerca de un tercio de los obreros que se encontraban en aquel turno. La mayoría eran hombres jóvenes. Muchos eran padres de familia. Detrás de cada nombre había una historia, una mesa que quedaría vacía y un hogar marcado para siempre por la ausencia. La noticia descendió desde la cordillera hasta Rancagua y luego recorrió Chile entero.
Los cadáveres fueron trasladados desde Sewell a la capital regional (Rancagua). No había suficientes ataúdes. Hubo que construir cientos de cajas mortuorias con urgencia para recibir a las víctimas. Durante días, trenes y autocarriles trasladaron a los fallecidos mientras miles de personas observaban en silencio una procesión que parecía interminable.
El funeral fue una manifestación de dolor pocas veces vista en la historia del país. Más de veinticinco mil personas acompañaron el cortejo hacia el Cementerio N.º 2 de Rancagua. Autoridades, dirigentes sindicales, trabajadores y familias enteras caminaron detrás de los féretros. El duelo no pertenecía solo a los mineros. Era el dolor de una nación que comenzaba a comprender el costo humano oculto detrás de cada tonelada de cobre extraída de la montaña. La tragedia dejó además cientos de viudas y niños huérfanos. Con el tiempo, muchas de esas familias darían origen a la emblemática Población Las Viudas, convertida hasta hoy en un símbolo de memoria, organización y dignidad obrera.
Pero el humo no solo dejó muerte.
También dejó lecciones.
Las investigaciones posteriores impulsaron cambios profundos en materia de seguridad minera. Se fortalecieron los sistemas de ventilación, se desarrollaron protocolos de emergencia y comenzaron a crearse estructuras permanentes de prevención de riesgos. Lo que ocurrió en El Teniente se convirtió en una referencia obligada para generaciones de trabajadores y profesionales de la minería chilena.
Ochenta años después, la Tragedia del Humo sigue siendo mucho más que una efeméride minera. Es la historia de 355 trabajadores que salieron a ganarse la vida y nunca regresaron. Es el recuerdo de una época en que la seguridad laboral era todavía una conquista pendiente. Y es, sobre todo, un recordatorio permanente de que detrás de cada derecho conquistado por las y los trabajadores existen nombres, rostros y sacrificios que no pueden ser olvidados.
Porque en El Teniente no fue solo la montaña la que quedó en silencio aquella mañana de junio de 1945.
Fue un país entero el que aprendió, entre lágrimas y humo, que ninguna producción vale más que una vida
Comentario editorial | Poder Laboral
A 80 años de la Tragedia del Humo, la mayor catástrofe minera de la historia de Chile, la principal lección sigue plenamente vigente: ninguna meta productiva puede estar por encima de la vida de las y los trabajadores. Los avances en seguridad han sido significativos, pero la minería continúa enfrentando riesgos que exigen vigilancia permanente, inversión, fiscalización y una participación activa de quienes día a día desarrollan sus labores en faena.
La reflexión cobra especial sentido cuando está próximo a cumplirse un año del accidente ocurrido en División El Teniente, en julio de 2025, donde seis trabajadores perdieron la vida. Ocho décadas después de Sewell, la minería chilena aún debe lamentar tragedias humanas. Recordar a las víctimas del pasado no solo es un acto de memoria; es también una obligación ética para seguir construyendo una industria donde regresar sano y salvo al hogar sea siempre la prioridad fundamental.
PRENSA PODER LABORAL



